martes, 19 de marzo de 2019

La costumbre: Mi última función


Los martes siempre los he visto como los días de la indiferencia, bueno en realidad los veo así desde que ingrese al BINE. Es aburrido estar ahí, no hay nada interesante, nadie me llama la atención y a todos los veo como mis compañeros de salón. Todo es un juego para mí, es una obra de teatro.

La luz de mi cuarto marca la primera llamada a escena del día de hoy. Veo el tiradero que deje el día anterior después de pensar  lo que haría hoy después de clases. Mis cobijas están volteadas. El uniforme en el piso. Mis libretas sobre un montón de ropa que ni recuerdo haberme  puesto. Tomo mi camisa blanca que dice BINE en letras plateadas y me la pongo, no saben cuándo la detesto parece cuello de tortuga y cuando sudo siento que me ahogo por lo justo que está del cuello, bueno aunque para absorber el sudor cumple perfectamente su función.

Me  maquillo e intento no picar mi ojo con el pincel de tinta negra que agranda mis ojos  mientras mi madre  golpea con su puño el pedazo de madera que separa mi habitación con  el pasillo, me dice que me apure porque lo más seguro es que me vaya sola. Claro, después de la discusión que tuve ayer con mi padre era más que obvio que él no me iría a dejar hasta la escuela como era de costumbre, en fin como le digo a mamá  que disfrute  este corto tiempo que le queda para dejarme hasta la puerta de la Normal.

Bajo  hasta la sala y  veo a mi madre con la mano derecha tomando una taza y  su brazo izquierdo recargado en la mesa y su mano sosteniendo su rostro para evitar caer contra la mesa de cristal. Ella no me escucho bajar así que me acerco con cuidado a gatas, me pongo tras de ella y con mis uñas y el rose de la silla se escuchan los primeros sonidos que asustarían a mamá, me acerco lo suficiente y le respiro en el oído... Creo que no fue la mejor idea que se me pudo ocurrir ese día ¡Me tiro el café encima! Las dos empezamos a reír  tan fuerte que incluso mi perro, Ody, bajo corriendo  y mi papá solo dijo que nos calláramos. No me arrepiento de nada, en fin ese día nada podría salir mal. Me quito la camisa y empezo a tomar mi café y le digo que llegaría tarde a la casa porque me quedaría a una obra de teatro. Ella responde  que estaba bien y llegará antes de las cinco. Mentira, eso no es lo que  realmente haré después de clases.

Subo al baño y  humedezco un trapo para quitarme lo pegajoso que me dejo el café en el estómago. Salgo, me meto a mi cuarto y me pongo mi camisa de hora de aventura, es amarrilla con el estampado de Jake y finn  en la parte de abajo. Meto mis extremidades en el  pans verde guacala  del bachiller y viéndome en el espejo pienso que solo es un año más y me despido de la gama de verdes del uniforme. Bajo con mis cosas en brazos y digo que ya me voy. Sorpresa, mi madre estaba afuera de mi casa barriendo y yo como estúpida hablándole a la nada.

Salgo de mi casa junto con mi madre y Ody, me acompañan hasta la parada del camión. Esperamos cinco minutos solos en la esquina, tiempo que aprovecha  mi madre para decirme que no debería de pelear tanto con papá y pensar que ser maestra seria mi mejor opción. Solo la miro y le digo que no podían seguir decidiendo todo por mí, ya no soy una niña de cinco años que no sabe limpiarse la cola… nos vemos al rato mi camión ya llego. Ni siquiera la miro al subir y me siento en uno de los tantos lugares vacíos del camión.

Los asientos son de plásticos  sin acolchonamiento en el respaldo ni las asentaderas, supuse de inmediato que había tomado la ruta 12 y no el Xonaca como me gusta. En fin poco duro el viaje hacia el centro de San Pablo, casi nadie se había subido desde que lo tome y eso de cierta manera me daba miedo. Mi pensamiento cambio hasta que  llegamos cerca de la calle de las vías y se subió un chico, que  normalmente veía todos los días, si no era en la mañana era en la tarde, nunca me había prestado atención pero a pesar de ello solo  tenía unos pocos segundos para ver sus ojos e imaginar lo que pasaría si…

¿Me das permiso? Las mismas palabras de todos los días interrumpen mi meditación, esta vez me las dice una señora con traje y bolso, tamaño pañalera de madre primeriza, que siempre se maquilla en el camión. Llegamos al mercado y la mayoría de la gente se moviliza, pues es el punto en que cerca de la mitad de los pasajeros se bajan  y transbordan otro en ese mismo lugar.

Miro hacia todos lados y  cruzo la calle. Tomo el camión Libertad- Cuauhtémoc. Espero cerca de 20 minutos sentada hasta la parte de atrás y  cuando veo que estamos en la parada de la rotonda me paro y  toco el timbre, ¡Carajo! Nunca sirven estas cosas, no me dejo más remedio que decir ¡Bajan!

Camino cinco minutos para llegar a la puerta principal de la normal. Paso por el kinder, la primaria, el puente peatonal y los primeros edificios de las licenciaturas  para estar frente a una reja de cinco metros de alto, más o menos, pintada de verde como toda la escuela y ver el escudo  de la escuela en la parte de arriba. Doy un paso dentro de la escuela y el guardia quiere ver mi identificación asi que le doy mi credencial de la escuela. Me dice buenos dias  y contesto igualmente. 

Camino cerca de la pista de 400 metros, aun recuerdo mis clases de educación física y los cuatro kilometros que nos hacían correr a las doce del dia. Veo el nuevo edificio que están construyendo frente al edificio principal del bachiller, ahi es donde me toca clase, en el primer piso junto al salón que está a lado de las escaleras. 

Está cerrada la puerta y la luz apagada. Encuentro a mi compañero Ricardo que me pregunta si ya tome mi decisión, a lo que contesto  que sí y que por favor no me lo recuerdo porque me pongo cada vez más nerviosa. Somos interrumpidos por Paty. Llega Joshy, Hilda, la wera, Sharon, Migue,  Fernando,  casi todos los compañeros y el maestro no llegaba.

Dan las 7:15 A.M y mi maestro le envió un mensaje a Hilda diciendo que no podría llegar y que checáramos la plataforma. Por supuesto que nadie lo haría y mejor  nos vamos a otros lados. Yo, por supuesto me quedo en salón con Ricardo e Hilda y sacamos nuestros desayunos y comenzamos con la torta colectiva, todos comíamos lo de todos  pero nadie se terminaba su comida. Todo iba bien hasta que Hilda dice que si me acordaba que salíamos a las once, la miro y digo que no mientras saco mi cuadernillo  y firmo con la poderosa de mi hermano, en fin que él me  había enseñado como hacerla y siempre traía conmigo una copia de su INE, por si las dudas. Era solo para emergencias y está si era una verdadera emergencia.

Llega la  hora de filosofía y nadie llega, llega la hora de informática y el maestro no llega,  llega estadística y nadie llega ¿Para qué vine a la escuela? Me pregunto mal humorada, en fin.  Tomo mis cosas y le dije a Hilda y a Ricardo que mañana nos veríamos. Ricardo toma mi mano y me dice que siempre estará para mí y que me cuide de él, pobre de Ricardo siempre lo he visto como mi compañero y que tristeza que me vea como su amiga. 

Tomo mi celular  y  marcó al numero de Carlos. El primer sonido significa mi segunda llamada a escena, me contesta medio adormilado, le dije que ya estaba en camino y que se prepara.  Camino lo más rápido que puede a la choperia y tomo la ruta S19 que me llevaría al mercado. Me siento junto a la ventana y  pienso  en lo que diré y lo que me ayudo a tomar la decisión que marcaría  parte de mi historia de mi vida adolescente .

Me bajo en el mercado y  tomo  la 64B San Pablo, me llevaría hasta donde tendría que llegar, bueno al menos eso me dijo Carlos, es la primera vez que la tomo. Los asientos eran demasiado apretados y olía a loción barata, de esa que te marea solo de olerla unos minutos. Me revolvió el estómago. Cierro los ojos por un momento y ya estaba  en san Pablo.  ¿Qué camino tomara ahora?

Veo que toma  la calle de las carnitas y sube por el salón Xochitl, da vuelta en el espacio recreativo y cruza la calle para llegar a la calle de unos baños famosos, que no recuerdo su nombre. Pido la parada y bajo con cuidado. Cruzo la calle lo más rápido que puedo, veo que su ventana estaba abierta y  con un suspiro entre cortado doblo sobre su  calle y camino. Algo me hace sentir torpe ¿Un perro me está mordiendo? ¿Es en serio? ¡Mi vida! Es la cachorra Lindsey,  una perrita bonita, pequeña y frágil pero traviesa, ya me reconocía, después de todo durante las últimas semanas vengo casi todos los días y prácticamente como diría el tío de Carlos soy una integrante más en su familia.  

Tomo una piedra que estaba en la calle y como si fuera tocar la puerta con todas mis fuerzas, me detengo  a unos cuantos centímetros o milímetros, soy mala para las medidas. Escucho que hay alguien del otro lado, veo una mano y era la de Carlos. Me abre la puerta y  me invita a pasar, era la última llamada y el momento de la función.

El  primer acto de mí solo inicia cuando dejo mis cosas en la esquina izquierda de la sala y me siento en el sillón más grande que tenían en la habitación, escucho que me habla pero  no le prestó atención, recuerdo que Hilda se llevó mis audífonos, bueno no importa, a lo que vine. El sillón era bastante  largo  pero era demasiado corto, siento que estoy sentada en el suelo, por cierto no había limpiado la mancha de helado que deje ayer después de ver anime.

Desde donde estoy me doy cuenta de lo alto que es, lo flaco que está a comparación de cuando nos conocimos. El cabello lo tenía relativamente largo para el reglamento del bachiller al que asiste. Tiene un pans negro con franjas blancas a los lados, una camisa gris, recuerdo que cuando me la puse por primera vez parecía tres tallas arriba de la mía. Él toma  sus lentes y un libro que está en su comedor y se sienta a mi lado, muy cerca de mí.

Inmediatamente agacho mi mirada y dirijo mi atención a la planta que esta alado de mi mochila, en la esquina  de la sala, ya esta seca y mal cuidada, él nunca fue bueno cuidando plantas ni animales pero lo intentaba por mí, al menos era lo que me decía. Él toma mi mano y me pregunta ¿Por qué saliste tan temprano? Bueno le contesto  creo que sabes a lo que vengo , me levanto y me paro frente a él. Lo miro fijamente, nunca había visto con tanta atención sus ojos, son… de perro huevon, nunca había visto unos ojos que transmitieran tanta flojera y tristeza al mismo tiempo.


Él finge que no dije nada y abre su libro, con mi mano bajo el libro y le pido que no lo hiciera más por favor. Él se levanta, me toma por la cintura y me besa, nunca me había sentido tan vacía al besarlo, era la primera vez que sentía que lo besaba sin amor. Me carga como lo hacía meses atrás  cuando aún éramos pareja y sin pensarlo me sube por sus escaleras y me lleva a habitación. Me pone en su cama y cierra la puerta.




El segundo acto es el más complicado para mí. El techo blanco con líneas grises parece recordarme los ocho meses de preparación que tuve  para este momento, las veces que llore y me desconocí.  Sé que es la última vez,  sé que después de esto tendría que decirle adiós, sé que lo mío es costumbre y que lo único que busco en él era satisfacerme, ya no lo quiero y él lo sabe.

Él toma mi cabello y lo peina en una coleta. Sus manos conducen mi cabeza a un lugar que me da asco y un lugar en el que tocaría la gloria. Con mis manos me despeino mientras sus manos buscan lujuria bajo mi blusa. Comenzamos con lo único que nos mantenía juntos,  por lo que nunca discutimos y en lo que nos soportábamos.

De pronto  el color verde que tengo se pinta de transparencia  y el estilo fachoso que tiene  se ve agredido por la ingenuidad de una chica de 16 años que sigue sus instintos.  Él no parece incómodo, disfruta el momento. Lo único que busco en este momento es hacerle lo que nunca le hice y hacerlo como nunca lo volveré hacer, llevarme una parte de él como él se llevó lo que  me pertenecía a los 14 y me dolió tanto dejar.

Está cerca de mí, su respiración en mi cuello y algo que no puedo describir tan cerca  del inicio de vida.  Las cobijas estorban pero a la vez las necesito conmigo, me sostengo de ellas  y los dos estamos listos para el ataque. Ataque que nunca llego. Siento un vacío mientras él busca los lunares de mi cuerpo. Miedo mientras toma mi mano y la lleva a lugares que me dan asco y que soy incapaz de ver.

Su cuarto está bastante ordenado. La guitarra negra está sobre su ropero. Los zapatos en la esquina. Los dibujos y cartas que le hice a los 14 ahí están en su pared, junto  con la leyenda de 4/Septiembre / 2013. Ya ni siquiera recuerdo exactamente que pasó en esa fecha, creo que nos besamos por primera vez, aunque… Creo que él me acaba de preguntar algo, no importa solo digo que sí, es lo único que quiere escuchar para seguir.

Tomo la cobija con más fuerza, desaparece el silencio entre los dos y la brecha física se rompe al fin. Lo siento tan cerca de mí y aunque está cálido aun me siento indiferente.  Por primera vez veo de cerca y con atención la cicatriz que tiene en el labio y  lo desalineadas que están sus clavículas después del accidente de motocicleta que tuvo hace meses.  Sus manos atan las mías y comienza  con un compás en do, las cosas no pueden ir mejor.
Su boca sobre la mía. Sus manos con las mías. Su mano en mi cabello. Su boca en un lugar inapropiado. Mis piernas sin resistencia y el movimiento al fin toman forma. Sin aliento. Sin palabras. Sonidos y música humana se escucha. Dos gritos se escuchan  y con eso termina la actuación más difícil de la obra.

Su uniforme está sobre el sillón individual que tiene en su cuarto  junto a su ropero. Como es de esperarse, pues todas las veces que estuve ahí lo hacía, me pego contra la manija del mueble  y sin hacerle caso al dolor,  tomo mi verde guacala y regreso al aquí y ahora. Me dirijo al sillón y tomo su uniforme y le hago un  nudo a la corbata, a él siempre le gusto que lo hiciera. 

Él solo me mira y no dice nada, está cubierto con el desorden de la cama y sin más que decir le doy su ropa y me volteo unos momentos en los que se incorporaba a la realidad. Me abraza por atrás y con mis manos lo hago para atrás. Él me mira con ternura y desconcierto. Estoy pisando su colcha azul, la levanto, la sacudo y tiendo su cama como estaba cuando entre esa mañana.

Me siento en su cama y lo miro fijamente, me mira de la misma manera. Es la primera vez que lo veo tan humano, tan honesto, tan el niño con el que quería estar en un inicio. Él se balancea contra mí y sé que me dice cosas y aunque no las entendiendo, sé que esto no terminara bien. Me levanto y le digo que me tengo que ir.  Bajo las escaleras y el me sigue muy de cerca.

Estamos dentro de la sala, le repito  que en serio me tengo que ir. El responde que está bien, sabe que me regañaban en mi casa si llego tarde. Contesto que es enserio me tengo que ir y no voy a regresar, es la última vez que me ves, por favor no me veas como mala persona solo hice lo que tu hiciste alguna vez, primero yo y  luego yo y hasta el último yo.

Su mirada es  directa y penetrante, me percibe honesta y lo reconozco por su rostro serio, de sus ojos salen lágrimas, sus labios parecen resecos,  su respiración es rápida y agitada, sus puños  parecen triturar coraje y sus piernas deciden que lo mejor es sentarse en el sillón  en el que me senté cuando llegue.

Mientras tanto me pongo enfrente de un cuadro con fotografías que tiene en su sala, y veo cada una de las fotografías por última vez. Una en donde su padre lo carga mientras abraza a su madre. Otra donde está con sus primas comiendo pastel. Una más donde era bebé y está desnudo tomando un baño en una tina. Veo una foto conmigo en nuestra graduación. Recordé que lo ayude a pegar todas esas fotos y que me regaló una de sus fotos de cuando era bebé.

Meto mis manos en mi bolsillo y sacó dicha fotografía. Buscó una cinta para pegarla  y después de buscar entre sus cosas al fin la encuentro  y la pegó, está un poco chueca así que decido que lo mejor era…Ah tomo nuestra fotografía y la guardo en mi bolsillo. Escucho su voz solloza  ¿Es por él? me pregunta. Me volteo en dirección a donde él está y camino hacia donde se encuentra y le digo que lo mejor es que ya no se lastimé, no hay nadie más, solo ya no es bueno estar juntos.

Parece que le habló a una pared no reacciona, así que con cautela le tocó el hombro y él con soberbia me quita la mano. Dirige su mirada hacia mí  y está llorando, sus ojos parecen más cerrados de lo normal, sus manos tiemblan  y  su nariz tiene moco cesante.

¿Qué puedo hacer? Solo retrocedo unos pasos  y él extiende sus brazos hacia mí. Solo quiere un abrazo y se lo niego, porque si lo hago me quedaré y en verdad ya no quiero hacerlo. Me muestro imponente e indomable frente de él, por dentro estoy hecha cenizas y me parte el corazón verlo así. Aun así tomo mi mochila.

¡Vete de aquí que no te quiero ver! Es lo último que escucho de él. Me acerco un poco a él, lo suficiente para que sienta mi calor pero también lo necesario para cuidar mi seguridad  y no me obligue a quedarme. Gracias por todo,  lo miro fijamente mientras abría la puerta y salía de su casa. La cortina se atora con la puerta y a pesar de ello no logra detenerme para cerrar el telón en el momento adecuado.

Es cómodo el piso de la parte de afuera de casa y era frustrante saber que lo deje así, aun así permanezco  unos minutos ahi mientras acaricio a Lindsey. Escucho gritos y  cosas rompiéndose dentro de su casa. Quizás algún día me pueda entender y si no es así, sé que hice lo mejor para mí.

Camino hacia mi casa mientras me pregunto  si Cristofer vendría de visita a las siete de la noche, como era lo acostumbrado. Sin darme cuenta llego a mi casa y un ángel peludo me esperaba en la puerta. Mi madre abrió la puerta y me pregunta ¿Cómo estuvo la función? Mejor de lo que esperaba, es la última vez que participo en la obra. Por cierto ¿Ya te dije que el color amarillo ahora es mi color de la suerte? 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario