Era
uno de esos días en los que no quieres hacer nada, de esos en los que te levantas, ves el reloj y te das cuenta
que ya se te hizo tarde para ir a la escuela, uno de esos días en los que ni
siquiera sabes cómo llegaste al lugar donde tenías que estar, ni mucho
menos te importo en su momento las veces
que te empujaron en el camión o si un hombre te falto al respeto en el camino. Si,era uno de esos días en los que eres sin estar.
Angie,
una estudiante de comunicación, se baja
del camión todos los miércoles a las 7:30 AM para asistir a sus clases en el edificio
del multiaulas 1, siempre con el mismo
pensamiento en la cabeza, -si supiera
andar en bicicleta todo sería más sencillo, aunque podría cortar camino si rodeo el complejo, no, eso sería imposible,
tengo miedo de que me pase algo y no llegue a mi destino- se decía a sí misma.
Sin
más que pensar sus pies golpearon el
piso una y otra vez, al ritmo de 120 pasos por minuto , que contaba con el
chasquido de sus manos, parecía como si de sus pies fuera a salir fuego y egoísmo,
no volteaba a ningún lado, no veía a nadie, no quería a nadie cerca. Justo cuando parecía que toda su respiración
emanaba paz llegó el momento de verse de
frente con el parque del ajedrez, fue
como si alguien hubiera amenazado a Angie
que sin detenerse tomó sus manos, se hizo una coleta en el cabello y con un
gesto desesperado tomó aliento y camino con los ojos cerrados, cuando menos se
dio cuenta eran las 8 AM y estaba en el edificio junto a sus compañeros.
Dos
horas en las que un pizarrón en blanco se quedó corto a diferencia de los apuntes de la libreta de Angie, palabras que no entendía y oraciones que no tenían
coherencia fue el reflejo del vacío existencial
que atravesaba Angie en aquella mañana. -¿De qué color era el cielo esta
mañana? ¿Por qué no me detuve a ver? – se preguntaba la chica.
Mientras
tomaba su celular y sin pena ni respeto contestaba los mensajes pendientes de
aquellos días. Angie cerró los ojos y en
la fantasía que producía su mente se vio interrumpida por unas luces prendidas
y la mirada de desaprobación del profesor. Ni hablar ese día ella no haría nada
que no fuese soñar despierta. Solo pasó
un minuto cuando tomó la decisión que la llevaría a su mejora inmediata. Solo
cinco minutos le tomó a Angie salir del salón y caminar hacia el lugar que ella
consideraba seguro y no le daría miedo estar sola: el parque del ajedrez.
Era
curioso pues casi todos los días pasaba por el parque y nunca se detuvo a
observar lo que había, lo que se sentía y lo este lugar le llevaba a pensar. Eran
las 10:05 AM y se sentó en una palapa cerca de la cafetería del lugar y vio como el mundo pasaba frente a sus ojos, más
bien vio cómo es que varios mundos convivían
en el mismo lugar. Personas que quizás jamás
volvería a ver, rostros que vería algún día en sus sueños más profundos y que olvidaría
en los primeros cincos minutos que estuviera despierta.
En
la parte del fondo hay como unos juegos y
una pequeña cancha, bueno al menos ella lo percibió así, donde había chicos
jugando y riendo, eran personas que
amaban convivir entre ellos. Frente a ella pasan personas haciendo
ejercicio, - ¿Por qué hacerlo aquí y no en sus casas?- se decía Angie. Bueno no importaba la respuesta, a ella le entretenía
ver a toda este gente explotando y llegando a sus límites físicos, veía como
algunos tomaban agua, otros traigan gorras oscuras, algunos otros portaban ropa
que aunque no era para deporte no les quitaba la actitud para hacerlo,
incluso personas de la tercera edad que tenían mejor condición física que ella a sus
19 años.
El
olor a comida de la cafetería le parecía atractivo y sus tripas empezaron a chillar, como diría Angie
cuando sale a las 4 PM de la escuela, quería
entrar a comprar algo de comida pero se dio cuenta que no traía dinero, pensó en un momento en regresar al salón por
algo de dinero pero también pensó en que no regresaría
y sería mejor estar lejos por un rato de los compañeros con los que siempre
está. Ademas recordó que por lo único que iba a esa cafetería era por los famosos "calzones", que eran como un pan rectangular con condimentos y con relleno hawaiano o de carnes frías de a solo 20 pesitos, aunque las tortas cubanas se veian tentadoras no fueron motivo suficiente para hacerla caminar.
Algo
le dio comezón en su pierna derecha que la obligo a agacharse y rascarse un
poco mientras miraba a otro lado diferente que el lugar donde estaba su mano,
se percató de un tablero
grande de ajedrez que estaba cerca de ella. El blanco y el negro, los
colores del yin y el yen , los colores cromáticos, los contrarios, muerte y
vida, paz y guerra.
Angie
se levantó de la palapa donde estaba y como niña pequeña jugó a
pisar los cuadros sin tocar ninguna línea, cuando se dio cuenta
del ridículo que estaba haciendo, decidió parar y voltear a todas las direcciones para ver si alguien se dio cuenta, y si efectivamente,
un chico la miraba sin discreción. Angie
se sintió apenada y decidió sentarse un
momento.
Se
puso los audífonos y quizás sonaron las
notas que menos quería escuchar en ese momento, quizás porque le causaba melancólica
pensar en cierta persona. Ella comenzó a
mirar el cielo y se dio cuenta que no estaba azul como otros días, no hacia
frió como ella quisiera pero tampoco hacía calor como el que detestaba sentir
en la hora de salida.
Angie
escuchó unos pasos en la parte de atrás que se detuvieron, ella percibió un olor en
particular y lo supo, quien estaba atrás de ella no era la persona que quería
ver pero tampoco la persona que menos necesitaba. Solo vio cómo su
amigo de bachiller apellidado Virueña la
tomo del brazo mientras le decía que no tenía nada de malo jugar como una
pequeña. Ella pisaba los cuadros de color negro y el los cuadros de color
blanco. Angie miro el reloj del celular y acompañada de un grito de sorpresa salió del
tablero del juego y se dirigió al camino que la llevaría al EMA 1.
- -Me tengo que ir a mi clase- dijo Angie.
- - Cierto que aun no terminan tus clases -
Dijo el chico mientras hacia un gesto de
tristeza.
- -Nos veremos otro día, lo prometo, después
de todo estamos en la misma facultad. - Dijo Angie mientras le sonreía y caminaba.
11:50
AM faltaban diez minutos para su clase y
con ritmo acelerado se dirigió al edificio. Escuchó mientras caminaba la música desconocida
para ella que ponían en el parque del
ajedrez mientras se decía: creo que solo necesitaba salir de mi rutina.
En
el camino Angie vio cosas que no vio en su momento como gente comiendo, alumnos
haciendo tarea con expresiones de terror
y desesperación, personas que estaban en un congreso y que fueron en buscar de comida, alumnos caminando rumbo algún lado en
particular, vigilantes que le decían buenos
días y que ignoro cuando entró. Baños que estaban cerrados que ella necesitaba con
urgencia, personas barriendo, algunas personas discutiendo por saber cómo se usaban
los aparatos por hacer ejercicio, incluso un niño gritándole a su mamá que ya
se quería ir. Angie voltió por última vez
y vio que los cuadros donde se olvidó de sus problemas estaba siendo ocupado por un chico con chinos
y un chico alto y delgado, fue el momento para ellos de iniciar una partida y el momento de Angie de
incorporarse en el aquí y ahora.
12:
00 PM Era el momento de regresar a
escribir palabras sin sentido y oraciones sin coherencia con la diferencia de
que ahora Angie sabía que el cielo se veía mejor con cada paso que daba.










